sábado, 30 de junio de 2007

Artículo sobre la actualidad latinoamenricana

Integración, crecimiento, desigualdad y democracia. ¿Hacia dónde va América latina?

Durante la segunda semana de marzo de 2007, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, recorrió varios países de América latina en una gira en la que ratificó las principales líneas de su política hacia la región. Recibido con protestas de diverso tipo, Bush insistió en su preocupación por la inmigración ilegal de latinoamericanos a Estados Unidos, intentó concretar tratados de libre comercio, ratificó la asistencia e intervención estadounidense en la lucha contra el narcotráfico, buscó garantizar el abastecimiento de energía. Simultáneamente, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, emprendió una suerte de “contragira”, en la cual visitó Argentina y Bolivia, firmó acuerdos de cooperación y protagonizó manifestaciones masivas de rechazo a lo que definió como el “imperialismo yanqui”.

Estos dos escenarios invitan a reflexionar acerca de los modos en que los países de América latina están actualmente delineando buscan relacionarse entre sí y con el resto del mundo. ¿Hacia dónde va América latina? Es cierto que las realidades políticas, sociales, económicas y culturales son muy variables en una extensión geográfica tan enorme como la latinoamericana, que comprende veintiocho entes estatales (que van desde Estados independientes como Argentina o Brasil a dependencias holandesas, francesas o estadounidenses con diferentes estatutos, como las Islas Vírgenes o Puerto Rico); alrededor de 550 millones de habitantes; áreas de fuerte desarrollo industrial y urbano y otras selváticas o caracterizadas por economías de subsistencia. Sin embargo, y sin negar estas peculiaridades, hoy, como a lo largo de toda su historia, América latina en su conjunto enfrenta problemáticas y desafíos comunes.


Democracia, autoritarismo y populismo

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, una de las principales características de la política latinoamericana fue la marcada inestabilidad. Si bien no todos los países del subcontinente sufrieron sangrientos regímenes dictatoriales encabezados por las fuerzas armadas, como sí ocurrió en el Cono Sur; los gobiernos truncos y la intervención, velada o evidente, de Estados Unidos en los asuntos internos, sobre todo durante la Guerra Fría, fueron características omnipresentes. La inestabilidad no cesó con la instauración de regímenes democráticos a lo largo de la década de 1980, y desde México hasta Argentina la agitación política y la corrupción fueron moneda corriente. Sobran los ejemplos, pero pueden mencionarse los casos de la rebelión zapatista en Chiapas el 1º de enero de 1994, el prematuro fin del mandato de Fernando Collor de Mello en Brasil por un escándalo de corrupción en septiembre de 1992, la crisis económica e institucional argentina de fines de 2001 con cinco presidentes en menos de un mes, la renuncia de Gonzalo Sánchez de Lozada a la presidencia en medio de disturbios liderados por las mayorías indígenas bolivianas en 2003.

Por otra parte, la década de 1990 se vio marcada por gobiernos que, a lo largo y a lo ancho del subcontinente, adoptaron políticas económicas cercanas a lo que se denominó “neoliberalismo” (fundamentalmente una apertura comercial y un retiro del Estado de sectores clave de la economía y la vida social para dejar lugar a la intervención privada y al arbitrio del mercado) y se alinearon automáticamente con la política exterior estadounidense, un eje conocido como el “consenso de Washington”.

A partir del inicio del nuevo siglo, se produjo un cambio de orientación política en los gobiernos del subcontinente. Así, las elecciones para la presidencia de Hugo Chávez en Venezuela, Néstor Kirchner en Argentina, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Tabaré Vázquez en Uruguay, Michele Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, entre otras, son indicadores de un giro hacia políticas más progresistas, aunque variables en cada caso, en toda América Latina. Estos gobiernos buscaron revertir algunas de las políticas de sus predecesores, reivindicando el papel del Estado en la economía, revirtiendo políticas comerciales y cambiarias previas, pregonando cierta independencia política respecto de Estados Unidos, etcétera.

A pesar de todo ello, la inestabilidad y las dudas sobre el funcionamiento de las instituciones democráticas en América latina están lejos de haber concluido. Por un lado, la situación en Venezuela ha estado en el eje de muchas controversias: el estilo personalista de Chávez, su oposición declarada a Estados Unidos, sus intentos de restringir la libertad de prensa al considerar que muchos medios de comunicación actúan como militantes del “imperialismo” y se oponen a su proyecto de un “socialismo del siglo XXI” han hecho resurgir el fantasma del autoritarismo, agitado sin cesar por la oposición a su gobierno, a la que le cuesta digerir los abrumadores triunfos chavistas en las urnas, derivados de las políticas de inclusión social del gobierno aunque también del carisma personal del presidente. Asimismo, el aumento de su gasto militar (cuatro mil millones de dólares en los últimos dos años) ha llevado a algunos analistas a temer que Venezuela se convierta en la mayor potencia militar del continente y que eso desestabilice los equilibrios regionales.

Por otra parte, varios de estos nuevos gobiernos latinoamericanos han iniciado procesos de reforma de las constituciones de sus países con objetivos diversos, lo que ha llevado a duros enfrentamientos con los partidos de la oposición, sobre todo en Bolivia, Venezuela y Ecuador (hoy en medio de una profunda crisis institucional). Otro factor político de inestabilidad son las amenazas de desmembramiento interno de muchos Estados, tal como ocurre con las ambiciones autonomistas de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, o con las amplias zonas de Colombia controladas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC, un grupo guerrillero vinculado al narcotráfico, que además ha secuestrado a decenas de políticos locales) y grupos paramilitares que surgieron para oponérseles. En este conflicto, Estados Unidos ha intervenido con apoyo logístico y económico al gobierno (aportó cuatro mil millones de dólares al llamado “Plan Colombia”). Finalmente, la corrupción no ha desaparecido, como ha quedado claro, por ejemplo, en el escándalo por la compra de equipamiento para la policía que derivó en la renuncia de la ministra del Interior del peruano Alan García en febrero de 2007. El panorama político latinoamericano, entonces, sigue marcado por graves tensiones institucionales internas y externas que se suman a un complejo panorama socioeconómico para hacer aparecer algunas incógnitas respecto del futuro del subcontinente.


Crecimiento económico y desigualdad

Afortunadamente, la situación política de América latina se da en el marco de un crecimiento económico formidable, lo que provee un elemento estabilizador y reduce algunas tensiones. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina (Cepal) de la ONU, el Producto Bruto Interno de América latina creció un 5,3% en 2006, lo que implica cuatro años consecutivos de crecimiento y tres años seguidos con tasas de expansión superiores al 4%, luego de un promedio anual de crecimiento del 2,2% entre 1980 y 2002. Sin embargo, esto no parece ser suficiente para afirmar que la economía y la sociedad latinoamericanas han emprendido un camino hacia el bienestar. Por un lado, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, el crecimiento de la pobreza en los países latinoamericanos comprometidos con las reformas neoliberales en la década de 1990 ha sido tal que sólo para volver a las condiciones previas sería necesaria una década de tasas de crecimiento superiores al 6%.

Por otra parte, la concentración del ingreso es muy pronunciada en América Latina, lo que se traduce en grandes niveles de desigualdad: según la Cepal, en 2003 el diez por ciento más rico de la población de América latina y el Caribe se quedaba con el 48% del ingreso total, mientras que el decil más pobre sólo recibía el 1,6% (en las naciones industrializadas el decil superior recibe el 29,1% mientras que el inferior recibe el 2,5%).

Finalmente, el crecimiento en la región enfrenta dos desafíos adicionales. En primer término, en varios países, y de modo más evidente en Argentina y Venezuela, la expansión económica ha tenido entre sus efectos un aumento acelerado de la inflación, que tiene como consecuencia principal un deterioro del poder de compra de los sectores más vulnerables: los desempleados y los trabajadores no registrados (“en negro”). En segundo lugar, el crecimiento ha estado asociado a un contexto económico internacional favorable, marcado por el crecimiento de las economías de los países desarrollados y el aumento del precio de las materias primas y el petróleo. Estas condiciones son favorables al crecimiento de América latina en la actualidad, pero lo vuelven vulnerable a desarrollos externos, que los países latinoamericanos no pueden controlar.


La integración regional: un camino y muchos obstáculos

Una de las estrategias posibles para resguardar a los países de América Latina de las vicisitudes del crecimiento es el emprendimiento de proyectos de integración económica regional. Los intentos en este sentido no son recientes. Así, por ejemplo, las primeras negociaciones para establecer la Comunidad Andina de Naciones (CAN, integrada hoy por Bolivia, Perú, Colombia y Ecuador) y el Mercado Común del Sur (Mercosur, con Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela como miembros plenos en la actualidad) se remontan a comienzos de la década de 1980. En los últimos tiempos, tanto por iniciativa del presidente de Venezuela como en el marco de una política común de los dos entes supranacionales recién mencionados, se ha comenzado a analizar la posibilidad de conformar una alianza de escala continental.

Esto se produce tras el fracaso de la iniciativa estadounidense de constituir un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en la Cumbre de Mar del Plata, en 2005. En consecuencia, Estados Unidos abandonó su ambición de construir un mercado común continental y buscó concretar tratados bilaterales con Estados latinoamericanos, como Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Panamá, Uruguay, etcétera. Por una parte, estos tratados amenazan la integridad de los bloques de integración latinoamericanos: el Mercosur, por ejemplo, no permite que sus Estados miembros concreten alianzas de este tipo, lo que ha despertado cierta polémica respecto de la posibilidad de que Uruguay avanzara en la firma de un tratado. Por otra parte, los conflictos internos en países como Colombia han sembrado dudas sobre las posibilidades de concreción del acuerdo con Estados Unidos: el congreso estadounidense se negaría a ratificarlo por los vínculos del gobierno colombiano con los paramilitares.

Pero las ofertas estadounidenses no son el único freno a la integración continental latinoamericana. Existen numerosos conflictos, más antiguos y más recientes, entre los Estados del subcontinente que conspiran contra esas posibilidades, a pesar de los posibles beneficios económicos que podrían derivarse de los proyectos de unidad. Así, por ejemplo, si bien Hugo Chávez ha volcado a Venezuela a la búsqueda de una Comunidad Sudamericana de Naciones, sus conflictos con el gobierno colombiano lo llevaron a tensar las relaciones bilaterales y a abandonar la CAN. Asimismo, Uruguay y Paraguay han comenzado a exigir medidas de salvaguardia frente a las economías de los Estados más grandes del Mercosur y a amenazar con abandonar el bloque y firmar tratados con Estados Unidos si sus reclamos no son satisfechos. Finalmente, durante su reciente visita a Brasil, el presidente de Estados Unidos firmó con su par brasileño un conjunto de acuerdos para garantizar e incentivar el comercio y producción de biocombustibles (en conjunto, ambos países producen el 70% del etanol del planeta), estableciendo un vínculo directo entre las necesidades energéticas de ambos países. Teniendo en cuenta la manifiesta oposición entre el presidente venezolano y la política estadounidense, esta iniciativa podría amenazar las tratativas que se estaban gestando entre Argentina, Brasil y Venezuela para un abordaje común del problema energético, que incluían, entre otras iniciativas, la construcción de un enorme gasoducto que uniera los tres países.

Las economías latinoamericanas no pueden crecer por separado, en un contexto mundial dominado por la emergencia de alianzas regionales (el Nafta en América del Norte, la Unión Europea, la Asean en Oriente, a la que se han acercado China, Japón y Corea del Sur, etcétera). La cuestión que sigue sin respuesta es si los Estados latinoamericanos son capaces de apartar sus diferencias y emprender el camino de la integración. Porque, como dijo Fernando H. Cardoso cuando aún era presidente de Brasil, “El Mercosur es más que un mercado; es un destino”.

No hay comentarios: