martes, 15 de abril de 2008

El monocultivo de cerebros

Por Dr. Raúl A. Montenegro, Biólogo.
Premio Nóbel Alternativo (Estocolmo, Suecia)
Presidente de FUNAM.
Profesor Titular de Biología Evolutiva en la Universidad Nacional de Córdoba
(Argentina).

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías. Qué duro es ver
que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son
cómplices necesarios del país sojero. Qué duro es ver cacerolas relucientes
y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es
ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del
Estero. Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con
sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che
Guevara pudieran darse la mano. Que duro es recordar que esas cacerolas
relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del
desabastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este
siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja
maldita. Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como
el Grupo Grobocopatel. Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana
expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la
soja. Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no
dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus
semillas y sus agroquímicos. Qué duro es comprobar, con los dientes
apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en
nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas
medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato
sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte. Qué duro es ver
con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los
campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales
sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las
palas mecánicas con aire acondicionado. Qué duro es saber que nadie habló en
nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas. Qué
duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben
que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y
nunca por los cultivos industriales. Qué duro es saber que para fabricar 2,5
centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años,
y que la soja los romperá en mucho menos tiempo. Qué duro es recordar que el
80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y
productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más
sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de
ambientes naturales y de cultivos diversificados. Qué duro es observar cómo
se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una
gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo
ese monte. Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el
monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el
silencio de la gente buena. Qué duro es saber que miles de Argentinos están
expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman
y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja. Qué
duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros
plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes
y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa
de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos. Qué
duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las
cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que
Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana. Qué
duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que
las topadoras y el monocultivo. Qué duro es comprobar que en nombre de las
exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de
generaciones de Argentinos que todavía no nacieron. Qué duro es ver las
imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin
tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni
cacerolas que los defiendan. Qué duro es comprobar que estas reflexiones
escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras
Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan
miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos
19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños
argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país
alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca
de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.

1 comentario:

mariluli dijo...

Hola Adriana, excelente este post! realmente es duro que los políticos argentinos siguen robando, destrozando y saqueando el país. Yo me pregunto: qué les cuesta hacer las cosas bien? Tanto? lo peor de todo es que creen que somos estúpidos y que nos tragamos las mentiras del INDEC...bueno, algo estúpidos debemos ser para que sigan ganando esta gente. Ojalá sigamos tomando conciencia, y algún día podamos tomar las riendas de nuestro destino